1976 - 2026
MEDIO SIGLO DEL
ACONTECIMIENTO QUE PREFIGURÓ
A SANGRE Y FUEGO LA
ARGENTINA DE MILEI
Contra toda razón lógica, aunque no imperial, el Imperialismo norteamericano, retrocediendo en cuatro patas hacia su pasado más oscuro, acaba de bombardear por aire instalaciones estratégicas de la Venezuela bolivariana, hasta donde se sabe, en Caracas, Miranda, Aragua, y La Guaira. Se ha declarado un estado de conmoción exterior e interior, y ha activado planes de defensa nacional. En las próximas horas llevará el asunto ante el Consejo de Seguridad de la ONU , y otros organismos internacionales, solicitando apoyo frente a semejante intervención. De momento, se desconoce el paradero del Presidente Nicolás Maduro Moros y su esposa. El pueblo del hermano país ha sido movilizado en armas. Por otra parte, con la victoria
electoral de Nasry “Tito” Asfura, del conservador Partido Nacional y apoyado por el
presidente de Estados Unidos, Donald
Trump, como virtual presidente electo de Honduras, con el 40,26 % de los votos en las
elecciones generales del 30 de noviembre, continúa configurándose en Nuestra
América un escenario favorable a las nuevas derechas. En ese marco, Javier Milei avanza en la conformación de un bloque de presidentes y
líderes de derecha: asegura que ya tiene el compromiso de más de diez países. Aunque sin fecha, el mandatario
prevé realizar una cumbre de referentes enfocada en contrarrestar la influencia
de gobiernos de tendencia socialista y progresista en la región. En tanto, el Senado argentino convirtió en
ley el Presupuesto 2026, sanción que garantiza
un profundo ajuste en educación y ciencia, acorde al proyecto
anarcocapitalista de continuar demoliendo todo vestigio de autonomía para
transformar a nuestro país en una colonia del imperialismo norteamericano.
Mientras, en la oposición,
la ausencia de
Cristina Kirchner - que ha permanecido internada tras sufrir una peritonitis -
agrava la batalla interna por el liderazgo del peronismo, a la vez que el
gobernador Kicillof
activa el armado de su proyecto nacional. El mandatario bonaerense, además, tras la
marcha del 18 de diciembre, recibió a las dos centrales sindicales (CGT y CTA)
y profundizó la articulación con gremios y pymes frente al proyecto oficial que
las organizaciones consideran una regresión de derechos y una amenaza para el
empleo y la producción. En las últimas horas, con el decreto de nulidad del
protocolo antipiquete por declarárselo anticonstitucional, a un oficialismo tan
endeble como sostenido por la animadversión social contra todos los elencos
gubernamentales que desfilaron por la Casa Rosada a partir de 1983, se le
comienza a resquebrajar la máxima garantía de sostenimiento a garrotazo limpio del
ajuste en curso. Aun así de enclenque, el libertarianismo seguirá siendo un
hueso duro de roer. Sin ir más lejos, la recientemente resucitada
Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) incrementará su poder y su opacidad,
ya que todas las actividades de esa central de espías pasarán a ser
“encubiertas”. Los agentes podrán aprehender personas y el Señor Cinco podrá
convocar a las Fuerzas Armadas para que hagan tareas de inteligencia interior. Ante
semejante panorama, se impone que la Comisión
Bicameral de Fiscalización de los Organismos y Actividades de Inteligencia y la Bicameral
Permanente de Trámite Legislativo se reúnan cuanto antes para evaluar el tema.
El paro nacional anunciado por la central obrera para el 10 de febrero será una
excelente ocasión para sumar nuestros reclamos.
Arranca un año de cruciales definiciones para el futuro de Argentina
Puede decirse que 2025 nos deja al menos dos novedades a las que prestar suma atención.
En relación a la vida institucional, la incompatibilidad creciente entre capitalismo y democracia se ha vuelto tan evidente que, en el caso argentino, algunos analistas - tal el caso del equipo editorial de la Revista Crisis -, a partir del triunfo electoral libertariano del pasado 26 de octubre, atribuible a la desenfadada injerencia de Donald Trump, caracterizan esta etapa lisa y llanamente como post democrática.
Y en el plano político, parecería estarse inaugurando un panorama inédito para lxs nacidxs en la segunda mitad del Siglo XX, consistente en una Argentina post peronista, en tanto y en cuanto el movimiento creado por Juan y Eva Perón, preso de rencillas intestinas y en camino a conurbanizarse, al decir del poeta andaluz Antonio Machado, “no atina a dar la mano con la herida”. Dicho esto último sin desmedro de que de su actual estancamiento aun pueda surgir alguna sorpresa regresiva como el ascenso del multimillonario predicador electrónico residente en EEUU Dante Guebel, u otra progresiva como el crecimiento del Movimiento Derecho al Futuro abierto a una perspectiva frentista.
El año que despunta, en tanto, reabrirá entre lxs argentinxs algunos debates de significativa importancia, si asumimos que sin pasado no hay futuro, dado que cumplirán medio siglo acontecimientos como la última dictadura oligárquico militar genocida, cuyo desempeño sentó las bases del experimento político actual; la caída en combate del Comandante del PRT - ERP Mario Roberto Santucho y el comité central de dicha organización, y el máximo intento de escarmiento represivo perpetrado contra el movimiento estudiantil, denominado por los grupos de tareas del gobierno de facto como Noche de los Lápices. Además, se conmemorarán los 40 años del Primer Encuentro de Mujeres - esa vitamina antifascista que tanto viene sanando al cuerpo social desde entonces -, celebrado en el porteño Centro Cultural “Gral. San Martin”. Oportunidades todas ellas para hacer un profundo balance acerca de cuánto se perdió, pero sobre todo cuánto se ganó en la lucha sin cuartel contra este sistema productor de muerte.
Dada la importancia estratégica del primero de los acontecimientos enumerados, inauguraremos nuestro ciclo editorial de 2026 centrándonos en su consideración.
Proceso de Reorganización Nacional:
La lobotomía de nuestra conciencia crítica
A la hora de repensar la naturaleza y el saldo de la última interrupción institucional que sufrió la República Argentina, a nuestro criterio correspondería hacerlo destacando dos datos no menores:
En primer lugar, el golpe militar más sangriento de nuestra Historia tuvo un prólogo que viene siendo mayormente escamoteado en el debate sobre esos años, en tanto fue en noviembre de 1974 - bajo la vigencia del orden constitucional - que la oficialidad de nuestras Fuerzas Armadas volvió a asistir a reuniones organizadas por la CIA; entre febrero y octubre de 1975 se adoptó un paquete de medidas aprobadas por el gobierno de María Estela Martínez de Perón, que planteaban la decisión de aniquilar a la subversión; y, consecuentemente, a mediados de ese año tuvo lugar el primer gran shock inflacionario - bautizado “Rodrigazo”, en honor al Ministro de Economía de entonces -, correlato local del tránsito de un capitalismo industrial y productivo a uno financiero y especulativo, resistido a brazo partido por las comisiones sindicales de base.
En segundo lugar, corresponde asumir que desde el fin de la dictadura hasta la fecha, calificados exponentes de los grupos económicos que sponsorearon aquel baño de sangre continúan viajando impunemente en los charters presidenciales de esta democracia.
De modo tal que, ganando perspectiva, hoy puede considerarse que el último gobierno de facto logró despojarnos de un valioso patrimonio de lucha (repliegue del pensamiento estratégico, erosión del sentido de solidaridad, mengua del rigor organizativo) que nuestro pueblo había acumulado durante casi dos décadas.
El genocidio perpetrado atentó pues contra la materialidad y la subjetividad de los argentinos, puesto que hubo que desaparecer alrededor de 30.000 personas para hacer desaparecer luego el plato de comida de la mesa de las grandes mayorías. La democracia de baja intensidad que sobrevino en 1983 inauguró un período tácitamente acordado entre la clase política y los genocidas en retirada, status quo sólo cuestionado a fondo durante el Argentinazo de 2001.
El memorialismo al uso suele conmemorar cada 24 de marzo haciendo hincapié en la represión más sistemática y atroz que padeciera el pueblo argentino hasta la fecha, pero sin ser ese un dato menor, a menudo opaca la noción de que la intensidad de dicha represalia equivalió a la radicalidad de las luchas y programas desplegados por la clase trabajadora desde la caída del peronismo en 1955.
No está de más insistir en cuanto a que, en lo que va de su existencia como país, Argentina ha asistido a la formulación de dos proyectos fundacionales de carácter antagónico: El de la república europea impulsado por Julio Argentino Roca y la llamada Generación del 80, y el de la Comunidad Organizada impulsado por el General Perón y la compañera Evita. Más aún, en la peor de sus gestiones - previa al menemismo - el gobierno de la viuda del anciano líder dejó un índice de apenas 3% de desocupación, en un contexto de fuerte disputa gremial por el control del movimiento obrero organizado (indispuesto a resignarse al fifty fifty propuesto por el peronismo originario para el reparto del PBI) y una burocracia sindical que intentó frenar las crecientes conquistas aun a punta de pistola. Fue dicha circunstancia, más que la acción de las organizaciones guerrilleras de la época, la que precipitó el golpe oligárquico - militar genocida.
La serie histórica de la estadística sobre la distribución funcional del ingreso ha sido accidentada: fue interrumpida por la dictadura militar, luego retomada por centros de estudios universitarios, privados y organismos internacionales (Cepal) hasta su reinicio a nivel oficial con el Indec en 2006. En la reconstrucción de ese sinuoso recorrido aparecen dos años clave: 1954 y 1974. En ambos, con leves variaciones en las cifras según la fuente, se alcanzó la máxima participación de los asalariados en el Producto. En 1954, el registro fue de 47,9 a 50,1 por ciento, mientras que en 1974, 46,7 a 47,0 por ciento, de acuerdo con los diferentes estudios de investigación.
La importancia de esas referencias-años cuando los trabajadores lograron la mejor situación relativa en la distribución de la riqueza, es que esos períodos fueron interrumpidos abruptamente por golpes militares. En 1955, con la denominada Revolución Libertadora, el retroceso comenzó con una caída en esa participación al 45,1 por ciento, para seguir descendiendo hasta el 35,6 por ciento en 1959. Con la última dictadura fue más brutal: en 1976, ese registro cayó abruptamente al 29,1 por ciento del Producto. Estos antecedentes permiten comprender las actuales disputas con parte del mundo empresario, la resistencia a la labor de los gremios fuertes y a sus líderes, y también las tensiones que se observan en los precios de productos de mercados sensibles.
Toda vez que la transferencia de recursos de los sectores más desposeídos a los más poderosos acentúa la enorme brecha social existente, no debería resultar osado afirmar que los ríos de sangre popular que regaron la Patria durante los años de plomo fueron consecuencia de la voluntad mayoritaria por democratizar tamaña riqueza.
En su tercer mandato, el General Perón llevó hasta su límite las posibilidades de coexistencia pacífica entre capital y trabajo, una de cuyas manifestaciones públicas fue el choque con aquella generación motivada por él mismo para ir mucho más allá. El anciano líder tomó nota del cambio de ciclo histórico y de la amenaza que - con su expresión más trágica en el derrocamiento del presidente socialista chileno Salvador Allende - se cernía sobre Nuestra América. Pero la biología le impidió maniobrar para siquiera menguar el impacto de la debacle que sobrevino a la brevedad.
Resulta fundamental interrogarse acerca de cuál fue la diferencia principal entre la última ofensiva estratégica de los grupos económicos de la oligarquía local y las asonadas castrenses precedentes: Creemos que 1976 inauguró la demolición del Estado de Bienestar - cuyo basamento había sobrevivido a los cuartelazos anteriores -, faena que el actual gobierno de La Libertad Avanza procura completar dando prácticamente por abolido el Estado de Derecho.
De modo tal que un pormenorizado repaso de estas cuestiones permite comprender mejor la dimensión de la ingeniería represiva de carácter correctivo que supuso el 24 de marzo de 1976: Su intención fue erradicar salvajemente la conciencia crítica acumulada por nuestro pueblo hasta entonces y rediseñar drásticamente el país de cara al proceso globalizador en ciernes.
El estricto condicionamiento institucional que sobrevino tras aquel escarmiento ya estaba larvado en las palabras del ex Ministro del Interior de la dictadura, General Eduardo Albano Harguindeguy, cuando para el documental “Escuadrones de la Muerte. La Escuela Francesa” (https://www.youtube.com/watch?v=s2g5ApEI5uE) confesó a la periodista Marie Monique Robin que sin una “Solución Final” para los detenidos-desaparecidos se producirían nuevos Devotazos (en alusión a la inmediata liberación de presos políticos que dispuso el gobierno democrático del presidente Héctor J. Cámpora)
Hoy la vieja Doctrina de Seguridad Nacional se ha metamorfoseado en la conjunción del lawfare y las fake news, para que en el mundo no haya más gobierno que el de las grandes corporaciones multinacionales. Como puede apreciarse hasta aquí, aquel pasado pesadillezco ha echado sólidas raíces en el presente.
¿Y qué ha sido desde entonces del “mejor de los sistemas posibles”, en el que supuestamente “se come, se sana, y se educa”? Desde el fin de la última dictadura, los índices de abstencionismo electoral son alarmantes.
A nivel nacional, el porcentaje más alto de abstención desde 1946 fue en las legislativas de 2001, en plena crisis, cuando alcanzó el 26% del padrón. En tanto, en una elección presidencial, el máximo fue en 2007. Esa vez arañó el 24%. Últimamente ha seguido escalando.
Cabe destacar que el número de ciudadanos que deciden no concurrir a votar aumenta claramente desde las elecciones de 1991, oscilando en alrededor de un quinto del padrón nacional. Desde entonces se mantiene en ese nuevo nivel, superando así la proporción histórica de abstención. Ya en las elecciones de 1987 crece el número de ciudadanos que no votan, pero éste disminuye en las elecciones presidenciales de 1989. La tendencia al aumento de la abstención aparece claramente en las siguientes elecciones presidenciales, en 1995, en las que la abstención apenas disminuye, ubicándose lejos de su nivel histórico. En cuanto al voto en blanco, puede señalarse la misma tendencia.
Si dejamos de lado las elecciones nacionales para convencionales constituyentes celebradas en abril de 1994 (en las que se registra el punto más alto en lo que respecta a la abstención electoral), vemos que es en las últimas elecciones en las que tanto el número de ciudadanos que no votaron como los que lo hicieron en blanco alcanza su número y proporción más altos en elecciones ordinarias, constituyendo una cuarta parte del padrón nacional. Este hecho está acompañado, también, de una serie de fenómenos que parecen haber aumentado en los últimos años: indisposición a integrar las mesas electorales por parte de numerosos ciudadanos convocados para ello, imagen negativa de los dirigentes políticos en general y de instituciones tales como el parlamento y el sistema judicial según las encuestas de opinión, disminución en el número de afiliados y de militantes activos de los distintos partidos políticos, descreimiento generalizado en las promesas electorales, incapacidad del gobierno y de los partidos del régimen político para convocar a actos públicos masivos, etc. Esta tendencia es ignorada, al menos públicamente, por una dirigencia que, elección tras elección, ve mermada su capacidad de representación política. Sin embargo, en ámbitos periodísticos y académicos este hecho ha dado lugar a distintas interpretaciones y debates en torno al futuro del sistema de representación política en la Argentina. La creciente abstención electoral, por ejemplo, ha suscitado el debate - hasta ahora, limitado - en torno a si mantener o no la obligatoriedad del voto en nuestro país, dividiéndose las opiniones entre aquéllos que sostienen que debe ser un derecho y no una obligación y aquéllos que consideran que debe mantenerse la obligatoriedad del voto hasta tanto el "sistema democrático" se encuentre “lo suficientemente consolidado”.
En las democracias arraigadas, el voto es un derecho que va a ejercer una proporción más alta de ciudadanos cuando mayor es el grado de madurez cívica de la sociedad y en la medida en que la oferta electoral de partidos y candidatos resulta suficientemente movilizadora.
En cuanto a las interpretaciones que se hacen de esta tendencia, suele prevalecer la que señala que la abstención electoral manifiesta "algún tipo de conflicto con lo instituido", "una queja", mientras que el voto en blanco constituiría un "voto antisistema". Estaría poniendo de manifiesto una "crisis de representación política", que llevaría a un "explícito rechazo a la oferta política electoral de cada elección". En primer lugar, cabe señalar que, si bien el crecimiento de la abstención electoral y del voto en blanco - al igual que todas las demás manifestaciones señaladas de creciente rechazo a la forma en que se desarrolla la actividad política actualmente - es un dato de la realidad que debe ser analizado, esto no significa que la gran mayoría de los ciudadanos rechace activamente el sistema electoral vigente. Por el contrario, no debe perderse de vista que las tres cuartas partes del padrón nacional participan de las elecciones y votan por alguno de los partidos que se presentan, aunque debe tenerse en cuenta que cada partido político o alianza de partidos en forma separada representa a una proporción cada vez menor de ciudadanos.
En relación a otros países, la participación electoral en la Argentina sigue siendo alta. Sin embargo, este aumento puede estar marcando efectivamente una tendencia, que pondría de manifiesto que una parte creciente de la población va quedando fuera del sistema de representación política. Parecería existir una correspondencia entre el salto en el crecimiento de la abstención y el voto en blanco y el momento en que la oligarquía financiera logra realizar su hegemonía, a partir de la aplicación del llamado Plan Cavallo en 1991, pues las elecciones de ese año parecen constituir un punto de inflexión en esa tendencia. Ahora bien, ¿cuál es la relación entre la realización de la hegemonía de la oligarquía financiera y la participación electoral del pueblo? ¿Esta hegemonía implica necesariamente el desalojo de una parte del pueblo del sistema de representación política, de la misma manera que implica un desalojo de los espacios sociales que ocupaban las fracciones que forman parte de la masa trabajadora y explotada?
El proceso de ciudadanización de amplias masas de la población que acompañó el desarrollo del capitalismo en extensión, en la fase de dominio de las relaciones propias del capital industrial, implicaba, entre otras manifestaciones, el efectivo ejercicio del sufragio universal. La nueva fase de desarrollo capitalista que estamos transitando, ¿implica un cambio necesario en la forma de representación política? El crecimiento de la abstención electoral y del voto en blanco, ¿expresan una crisis de dominación política o la resolución de esa crisis?
Los porcentajes de participación en las elecciones se corresponden con el hecho de que la forma de lucha visualizada como la más adecuada para lograr soluciones a los problemas relativos a la falta de empleo sea el voto en elecciones. Este desalojo de espacios de representación política, ¿pone en cuestión la hegemonía de la oligarquía financiera? ¿Implica necesariamente un peligro para el sistema de representación política vigente? En la medida en que lo que se pone de manifiesto sea sólo un rechazo, ya sea a las opciones o supuestas opciones electorales existentes o al sistema electoral mismo, esto no afecta de por sí la forma de la dominación. Podría plantearse que lo que una parte del pueblo estaría expresando es una política negativa, presente también en las luchas sociales del período.
Gramsci se refiere también a la existencia de una "voluntad colectiva en la fase primitiva y elemental del mero formarse", negativa, destructiva; sin embargo, la acción de abstenerse o de votar en blanco no ha adoptado hasta el momento la forma de una acción colectiva, de "voluntades asociadas", sino que parte de la decisión individual de ciudadanos sin relación consciente entre sí. ¿Se trata entonces de un primer momento en la formación de una "voluntad colectiva" que apunta a expresar una política negativa, que en su desarrollo pueda llegar a plantear una alternativa superadora del sistema de representación vigente?, ¿o expresa simplemente un elemento de descomposición del sistema?
En relación a quiénes son los ciudadanos que deciden no votar o hacerlo en blanco, es de suponer que se trata de una masa heterogénea. ¿Pero cuáles son las capas o fracciones sociales más numerosas dentro de esta masa heterogénea? En una primera mirada, podría pensarse que los primeros en ser repelidos de los espacios políticos serían aquéllos que forman parte de las capas más pauperizadas de la población. Sin embargo, hay que tener en cuenta los mecanismos de "clientelismo político" que el régimen utiliza en relación a esas capas, en particular la que constituye el pauperismo oficial. Por lo que es posible que sean aquéllos menos vinculados en forma directa a la maquinaria del Estado los que constituyan una parte importante de los que tienden a rechazar o a despreocuparse del sistema electoral.
En cualquier caso, estos insoslayables indicadores, generalmente omitidos por los medios hegemónicos, nos hablan de un sistema político que sobrevive conectado a un pulmotor, circunstancia propicia para que la militancia revise esa noción recurrente de excepcionalidad que cada tanto parecería estar expresando “la cosa no funciona porque está en manos de gente de mierda: cuando nosotros administremos el Estado todo cambiará radicalmente”, y se decida a asumir una actitud más rupturista frente el viejo orden - como hace, por ejemplo, el movimiento de mujeres - para transformar de cuajo el hacer político de cara a una sociedad más justa.
Así, a 50 años del intento más feroz por postrar a nuestra Patria poniéndola al servicio de las grandes corporaciones multinacionales, este nuevo mundo multipolar nos enfrenta a inéditos desafíos: Ya no se trata sólo de que una clase social prevalezca sobre la otra, sino de tomar conciencia de que la supervivencia de nuestra especie, esclava del paradigma desarrollista del progreso ilimitado, peligra tanto como lo diagnostican numerosos científicos que vaticinan que a este tren de explotación de nuestros bienes comunes el planeta no duraría más de dos siglos. La latitud geopolítica que ocupamos remite a uno de los más codiciables reservorios de riqueza alimentaria de un mundo severamente hambreado. Como ocurre entonces por estas horas con la Venezuela bolivariana en pos del petróleo, el Norte Global - cuya hegemonía hoy disputan comercialmente Estados Unidos y China - hinca impiadosamente sus garras sobre nuestras riquezas.
Los grandes movimientos nacionales del Siglo XX han cumplido su ciclo ofreciendo lo mejor de sí. El compromiso perentorio de una nueva generación comprometida con el cambio revolucionario parecería consistir en 1) ajustar su diagnóstico de la crisis civilizatoria en curso; 2) estudiar las características de un colonialismo en redefinición, a la luz del sistema-mundo que se viene configurando; 3) repensar a la nueva oligarquía volcada a los agronegocios y el extractivismo, que dista mucho de ser aquel patriciado nucleado en torno a la vieja Sociedad Rural; 4) precisar al nuevo sujeto social transformador, que - superada la era metalmecánica e imperando la telemática - seguramente ya no será exclusivamente la clase obrera industrial que protagonizara las transformaciones del pasado sino más bien una clase trabajadora formal e informal; y - obviamente - 5) poner en debate las viejas ideas sobre la toma del poder, a conciencia de que bregar por una sociedad no capitalista en la que impere la Justicia Social constituye una causa absolutamente vigente.
Citizen González:
El hombre que está solo y pelea
Queremos terminar esta primera editorial del año que despunta ensayando una interpretación metafórica de la reciente incursión policial en Villa Lugano (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) que derivó en el fusilamiento sumario del contratista de pintura Juan Gabriel González, de 45 años, ante los ojos de todo el vecindario.
Como se sabe, el 22 de noviembre de 1963 la cámara Súper 8 ocasional del ciudadano ruso-estadounidense Abraham Zapruder registró para la posteridad la única versión audiovisual del asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy.
62 años después, telefonía celular móvil mediante, afortunadamente existen numerosas grabaciones del hecho de sangre que tuvo lugar durante la tarde de Navidad en el citado barrio porteño. Como puede inferirse, a mayor cantidad de pruebas, menor posibilidad de adulteración de los hechos.
Al igual que en junio de 2002, cuando El Gran Diario Argentino tituló, en referencia a la Masacre de Avellaneda, “la crisis causó dos nuevas muertes”, la versión oficial que intentó culpabilizar al vecindario de haberse cobrado la vida de González provocándole una herida de arma blanca, duró - vulgarmente hablando - “lo que un pedo en una bolsa”.
Y ocurrió porque el común de la gente no solo cuenta con dispositivos que facilitan chatear con un afecto distante, hacer facha para una selfie, o bebotear en Tik Tok, sino también porque dicha tecnología está en condiciones de constituirse en un arma de contrainformación capaz de contrarrestar los abusos de poder.
Como si eso fuera poco, en un momento de desarme ideológico, orfandad de liderazgos, y batallas defensivas por parte de nuestro pueblo, viene bien destacar que este también ha sabido generar mecanismos como el MAPA de la Policía o el Equipo de Antropología Forense del prestigioso Instituto Balseiro, liderado por el Dr. Guillermo Pregliasco, que, recopilando ese caudal de registros antes mencionados, más de una vez han permitido ponerle nombre y apellido a los responsables de lo que cada vez se aleja más de ser considerable como “gatillo fácil”, tal el caso del foto reportero Pablo Grillo.
Dicho esto, repasemos las escenas del “incidente Lugano” reproducidas hasta el hartazgo por medios de comunicación y redes sociales. Si hacemos caso omiso de su desenlace fatal, y observamos atentamente el desempeño de Juan Gabriel ante la prepotencia policial, no cuesta demasiado mensurar la dimensión del coraje de nuestro pueblo cuando siente que está siendo objeto de la prepotencia oficial.
El hombre está sobrio, solo ataviado con un short, en cuero, descalzo, y peleando a puño limpio contra seis o siete esbirros que se ensañan con él con inexplicable furia.
Si reproducimos la escena en cámara lenta y le agregamos una música épica… estamos ante la performance de un héroe de Marvel: González recibe un bastonazo tras otro y los va rechazando de a uno. Aun con el rostro bañado en sangre, nunca recula. Siempre avanza, imparable. Hasta que lo frena el balazo criminal de un represor que se sabe avalado por un Estado colonial y verdugo de los humildes.
Puede que en el actual estado de cosas el preludio de esa ejecución no parezca decirnos demasiado. Pero ocurre que quien escribe estas líneas ha sido testigo de ese coraje que González despliega en soledad, multiplicando exponencialmente por este pueblo cuando encuentra un norte.
Nos duele la suerte de Juan Gabriel y los suyos. Pero también nos llenan de orgullo los abundantes testimonios de cómo se paró de manos, en inferioridad de condiciones. Argentina está llena de Gabrieles. Rumiando una furia sorda y aguardando invertirla en una causa.
Se trata de un pueblo en estado de disponibilidad hegemónica, en un momento liminar de la Historia.
En consecuencia, ya que 2026 será un año exento de mascaradas electorales, ¡hagamos que sea de reflexión profunda sobre lo expuesto hasta aquí, y de ascenso y radicalización de nuestras luchas!
JORGE FALCONE

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